domingo, 9 de enero de 2011

Novela, Parte I.

CAPÍTULO I
“La corona de Bruno Espina”
Un paso más a ningún lado
Una mañana de verano mientras el sol carcomía las paredes y
rajaba los asfaltos, los cuerpos transpiraban y dejaban un largo camino
de sudor mientras los individuos de la ciudad se apresuraban para
llegar rápido al trabajo. Ellos protestaban y anhelaban la llegada del
viejo otoño. O puede que no, que muchos estuvieran contentos al
disfrutar del calor y del buen tiempo. Creo que son unos inconscientes
aquellos que disfrutan del verano. Yo, en cambio, soy un hombre
informado que sabe del efecto invernadero y del calentamiento global
que quema los hielos continentales desencadenando en un futuro
próximo un cataclismo a nivel global. En fin… es una verdadera
lástima… Así que me limitaré a calmar mi sed comprando una rica
Coca Cola en aquella estación de servicio que se avecina entre todo el
smog de los autos.
Las puertas de vidrio se abrieron como dos espejos transparentes,
los murmullos de las personas me dieron la bienvenida. Por suerte,
gracias al aire acondicionado, logré refrescarme un poco de este calor
insoportable.
Luego de terminar la transacción alguien me sirvió mi rica Coca
Cola Light en un vaso de plástico, tragué ese apetitoso refresco mientras
pensé picarescamente: “Coca cola refresca mejor, y es la formula
mágica del amor”, y sonreí como un tarado mientras la bebida corrió
por toda mi laringe, con una extraña substancia camuflada entre las
burbujas imperialistas sin haber sido detectada por mi paladar. De
repente el estómago comenzó a moverse en mi panza, produciendo
rápidamente jugo gástrico, a la vez mi boca producía saliva en exceso
y mi cerebro captó que algo funcionaba muy mal.
Fue ahí cuando mis piernas cedieron a la desesperación y comencé
a temblar. De golpe, el clima se convirtió en un frío despertar de invierno,
mis ojos se vieron envueltos en una indescriptible penumbra que se
incrementó en forma de extrañas estrellitas, en el preciso momento
9
que una figura oblicua de luz se concentró en mi mente, caí derrotado
hasta quedar dormido. En ese instante me di cuenta que
inexplicablemente sufrí un desmayo…
Al despertar
No sé cuánto tiempo después desperté confundido en una zanja,
mi cuerpo estaba dolorido y sentía un asqueroso gusto agrio en la
boca, mientras un chiflido proveniente de mi cerebro se impregnaba
sobre mis oídos. Dificultosamente pude levantarme y me sentí mareado
como si estuviese drogado o algo parecido, di dos pasos pero volví a
caer de rodillas sobre la zanja. Mis ojos se llenaron de lágrimas por la
desesperación y mi mandíbula temblorosa oprimía mi cerebro
exprimiéndolo por el pánico. Medio estremecido, hice un segundo
esfuerzo para salir de ese fangoso lugar. Primero saqué ambas manos
y las sujeté en unos pastos fuertemente, luego con mis piernas logré
impulsarme hacia la superficie.
Estaba tan sucio que parecía haber sido parido por la misma tierra,
suspiré varias veces llenando mis pulmones con un aire más puro que
el agrio hedor de la zanja, luego de recuperarme un poco, me levanté
victoriosamente.
Mis huesos crujían y a cada movimiento parecían partirse, mis
dedos estaban tan nerviosos que simulaban retorcerse como gusanos
unidos a mi palma, por último lo más asqueroso: eran mis ojos que
estaban sellados por lagañas, sintiéndose secos como cascotes, cada
vez que pestañaba miles de agujas invisibles me causaban un dolor
parecido a una incisión que hacía crujir los dientes.
Luego de varios minutos de recuperarme un poco, pude notar que
estaba totalmente sucio como si no me hubiese bañado durante días,
de mi cuerpo salían bolitas de mugre al ser refregado por mis dedos,
pero había algo raro: mi olor no era el de antes; ahora era mucho más
fuerte y asqueroso. Sin importarme demasiado alcé mi vista y logré
reconocer la estación de servicio donde había comprado la Coca Cola
que causó esta horrible situación e impulsado por la ira me levanté
10
medio rengueando y entré rápidamente a la estación de servicio en un
estado de ánimo (y por sobre todo físico) contrario al de antes…
—Qué desea —preguntó la empleada ocultando el asco que le
daba.
—¡Que qué quiero! ¡Quiero que me den respuestas, eso quiero!
Hoy compré una bebida acá y no sé qué le pusieron, pero me
desmayé… ¡Casi muero intoxicado por eso! Lo peor es que ustedes
no me ayudaron ni nada, sólo me tiraron en una sucia zanja como si
fuese un perro. ¡Van a ver, les voy a hacer una denuncia a los de
salubridad, que les voy a sacar hasta lo que no tienen!
—Usted debe estar equivocada, por favor tranquilícese, ahora llamo
al gerente.
Casi al terminar su frase, la gente se dio vuelta como presenciando
un espectáculo, pero poco después cada uno siguió hablando de lo
suyo y murmurando sobre mi estado de pseudo locura. Lo que me dio
más rabia que el hecho de ser ignorado, irritado llamé la atención
pateando un banco y gritando histérico produciendo un gran escándalo.
—Por favor, señorita, deje de hacer eso. ¡Llamen a seguridad! —
gritó la empleada ya más inquieta y sonrojada que antes mientras
respondía gritando: “¿Como señorita? ¡Soy un hombre! ¡Sos ciega
estúpida!”.
Sin darme cuenta un empleado se escabulló detrás mío y llamó a
un policía que montaba guardia en el local de al lado, éste vino con su
compañero y agravaron aún más el incidente.
—¡Quédate quieta! ¡No hagas las cosas mas difíciles! —murmuró
el policía más joven, mientras me sujetaban de las manos
inmovilizándome y sacándome diplomáticamente del local.
Al salir de la estación escuché a la empleada decir: “Disculpen el
incidente, señores clientes, como muestra de disculpas la casa invitara
a todos a una ronda de café con medialunas”. Todos festejaron
contentos… Panem et circenses.
1
Ya afuera, el gerente agradeció a los policías, uno de ellos le dijo
que no se hiciera problema por haberlos llamado, que ya estaban
1
Pan y circo.
11
acostumbrados a que gente borracha o drogada hiciera ese tipo de
escándalos o incidentes en lugares públicos, y me iban a llevar a la
comisaría a averiguar mis antecedentes. Todos se dieron la mano y
luego de desearse suerte y un buen día, el gerente entró a su local.
Antes de hacerlo me miró con soberbia y acomodó su moño de manera
arrogante.
—¿Tenés documentos, nena?
—No, no los traje. Le quiero explicar oficial que lo que sucedió
fue que…
—¿Qué ocurrió? ¡Decinos, porque nosotros no entendemos nada,
eh! —interrumpió el policía más viejo que tenía un bigote estilo texano.
—Bueno, bueno. Por favor no me grite que les estoy hablando
con respeto —respondí con el mismo tono agregando—: Mire oficial,
primero y principal, ustedes están confundidos al decir que soy una
muchacha. Mi nombre es Bruno Espina y soy la víctima de todo esto,
ya que fui maltratado en la estación de servicio, porque me vendieron
una bebida en mal estado; eso me produjo alucinaciones y un fuerte
desmayo. ¿Sabe usted lo que se siente despertarse tirado en una zanja
mugrosa? Acá sí hay algo seguro es que soy la víctima de todo este
asunto.
Los dos policías se miraron e hicieron un gesto de complicidad,
ambos sonrieron y uno se atrevió a preguntar:
—A ver… respondenos una cosita nena. ¿Ingeriste algún tipo de
droga alucinógena o algo? ¿No serás unas de esas chicas que trabajan
en la calle y joden a los vecinos? ¿Tenés permiso para parar acá?
El otro policía lo miró serio como queriéndole decir: “¡Cállate, tarado,
cómo vas a preguntarle eso!”
Yo sorprendido ante la pregunta del servidor público, reaccioné
casi de forma instintiva.
—¿Perdón, oficial? ¡Son ciegos, no soy una mina y mucho menos
una prostituta! ¡Tengo derechos y me tienen que respetar porque yo
les pago el sueldo a ustedes con mis impuestos! ¡Así que me tratan
bien o…!
—¡O qué! ¿Nos estás amenazando? —gritó el joven.
12
—¿Así que te hacés la cancherita vos? Ahora te vamos a llevar a
la comisaría a averiguar antecedentes. ¡Subila a la camioneta! —
remató el bigotudo.
Al dar esta orden los dos me sujetaron y me subieron al patrullero,
mientras los insultaba por lo bajo, antes de subir a éste, forcejeé con
todas mis fuerzas para evitar que me subieran, pero una cosa llamó
fuertemente mi atención: una extraña imagen de dos policías
forcejeando con una chica reflejada en el espejo de la camioneta.
¿Cómo era posible esto, si yo soy un hombre?, me pregunté durante el
transcurso de todo el viaje.
A decir verdad me causaban un poco de miedo los policías, eran
burlones y el más joven tenía cara de degenerado, pero la idea de que
(teóricamente) estaban para proteger y servir me daba un poco más
de seguridad y los nervios desaparecieron casi por completo.
Predeciblemente nos detuvimos ante la señal colorada de un semáforo,
el policía bigotudo preguntó si estaba “cómoda”, respondí que sí, sus
ojos quedaron casi hipnotizados con los míos, quisiendo evocar una
imagen.
—A ver, Carrasco, alcánzame la foto de la guantera, me parece
que esta chica es la que estaban buscando la semana pasada.
Carrasco cumplió con la orden acotando:
—Che, García, ¿te parece? ¿Será la misma piba?
El patrullero se mantuvo detenido unos instantes en plena calle,
miles de bocinazos quisieron detonar pero fueron detenidos por el respeto
ciudadano ante la ley, a causa del maldito contrato social.
Los dos policías me miraron fijamente y, mucho más serios,
compararon mi rostro con el de la foto; finalmente al escuchar el único
bocinazo de algún histérico que quería llegar temprano a algún lado,
uno se atrevió a asegurar:
—Para mí es la misma piba de la foto, nomás que está toda sucia.
Hagamos una cosa, vamos a la comisaría y veamos si es la misma
piba o no, total es nuestro trabajo, seguramente la madre debe estar
desesperada por encontrarla.
Y así fue, en pocos minutos llegamos a la comisaría.
13
En la comisaría
Detenido en una roñosa celda, me encontré más conciente y me
di cuenta de que mi anatomía física era diferente. Extrañado, llegué a
pensar estar viviendo un sueño, pero no; esto era igual de real que
toda mi vida. Finalmente quedé dormido algunas horas sobre una fría
cama de cemento, como un regalo de noble paz que se avecinó luego
de repentinos suspiros, y de la incomodidad de la misma que
acalambraba mi columna.
Más distendido, mi cabeza empezó a vagar por las laberínticas
calles del inconsciente buscando algún tipo de respuesta. Al no hallarla,
mis cejas se endurecieron como fábulas tétricas, mi cuerpo se puso
tenso nuevamente espantando al sueño, a su vez, las horas se
camuflaron lentamente entre las agujas de un reloj oculto entre la
niebla que guardaba la alada noche. Al cabo de minutos, volví a
dormirme.
Cayendo mi cuerpo entre mis piernas desperté sobresaltado
nuevamente ante el ruidoso papelerío y bochinche fugaz de la comisaría,
los rayos del sol iluminaban el presidio embelleciéndolo y remarcando
las imperfecciones que ocultaba la noche. “El dios sol ha avecinado y
junto a él tendría que afrontar nuevas dudas y problemas que se
desencadenarían”, dije fingiendo ironía mientras los avisos de terror
me remarcaban que estaba preso en una comisaría. Mirando por la
ventana enrejada me sentí como un pájaro cautivo dentro de un gran
balcón desierto, lo cual resumo como la sensación más abismal que se
puede encontrar dentro de la soledad. Era como una especie de flecha
perdida sin destino, ya que no sabía de dónde venía ni adónde iba.
Horas más tarde, con la cabeza distendida, el aburrimiento se
apoderó con pensamientos filosofales sin sentido que debatían los
dilemas de la moral; ya harto, encontré una forma más entretenida de
hacer pasar el tiempo: busqué en mi cabeza recuerdos de temas
musicales emblemáticos, de grandes e inmortales bandas de rock retro,
como por ejemplo
piernas imité los ritmos de batería de dicho tema, lástima que fui
interrumpido por la puerta que se abrió, y por un policía que dijo:
14
—Señorita Luciana Andreotti, su mamá la vino a buscar.
Como era el único de la habitación deduje por un acto de reflejo
que ese sería mi nuevo nombre.
La puerta de la celda se abrió completamente y escoltada por dos
policías la mujer entró a la habitación. Su aspecto era el de una mujer
rica con grandes aros de oro colgados en las orejas, una pulsera de
perlas entrelazada en el brazo izquierdo, y un rosario amarillento colgado
en el cuello, recuerdo también que tenía una camisa color aguamarina
y un pantalón beige. La mujer al verme se quebró por completo y me
abrazó fuertemente, mientras lo hacía, noté sus lágrimas deslizarse
por mi cuello.
—¡Hija, hijita mía! ¡No sabés cuánto hace que te buscamos! —
Hizo una pausa y siguió mirándome a los ojos, pero cambiando su
estado de ánimo a enojada con su voz disfónica media entrecortada
agregó—: Mírame, ¡Mírame bien y júrame por el amor de Dios, que
nunca más te vas a ir de casa como lo hiciste!… ¿Sabés lo
desesperados que estábamos? ¡No lo hagas más! ¿Me oíste? ¡No te
vuelvas a ir más de casa! ¿Entendiste?
Imaginen un momento mi situación atrapado en un cuerpo de una
chica que se había fugado de su casa, y estar frente a su madre
destrozada por la ausencia de su hija. ¿Qué podía hacer? Decirle:
“No, señora, acá ha habido un error. Yo le explico, mi nombre es Bruno
Espina y después de tomar algo aparecí en este cuerpo”. No, no podía
hacer eso, sería tratado como loco. Así que quedé mirando fijo a la
mujer, ésta se dio vuelta y le preguntó al policía sobre lo ocurrido y por
qué no respondía. El policía de más alto status contestó a la mujer que
el médico de la correccional dijo que estaba sufriendo una amnesia
pasajera debido a un fuerte golpe en la cabeza, al cabo de pocos días
recobraría la memoria y sería la misma “Luciana” de antes.
La mujer nuevamente volvió a sujetarme de la cabeza y con una
actitud maternal, como una gallina con sus pollitos, dijo que todo iba
estar mejor, que iba a llenar unos formularios y pronto iríamos a nuestra
casa donde estarían nuestros amigos y familiares esperándonos para
hacer una gran fiesta de bienvenida.
15
Luego de llenarlos y de saludar a los dos policías que me
encontraron, salimos de la comisaría. Casi por instinto pregunté cuál
era el auto y ella señaló uno que estaba estacionado frente a nosotros:
un lujoso Mercedes Benz de color blanco.
Break on Through de los Doors. Con mis manos y
La otra vida
En pleno viaje conducido por un chofer vestido de smoking, la
brisa de la autopista revoloteó mi pelo ondulado y aceitoso, este evento
fue lo que abrió el diálogo mientras la mujer prendía un cigarrillo negro.
—¡De verdad cuando lleguemos te vas a tener que dar un baño
vos, eh! ¡Estás hecha una pordiosera!
Hizo la observación la mujer que me acompañaba con una
picaresca carcajada. Sonreí y seguí mirando el paisaje de los edificios
del Fonavi que parecían grandes Leviatanes inmóviles de cemento.
Luego continuó:
—Pobre, hijita, ¿De verdad no te acordás de mamá? ¿Y de papá…
y de Franco? ¿Y de Román? ¡Dios, qué te pasó en la cabecita!
Astutamente contesté que no me acordaba de nada, que por favor
me contara un poco quién era, así tal vez podría recordar algo.
—Mira, soy mala para esto… Está bien, mi nombre es Viviana,
aunque mis amigos me llaman Vivi, y soy tu mamá. Tengo un esposo
maravilloso que te crió y me dio dos hermosos hijos llamados Franco,
que tiene 19 y Román de 8. Tu verdadero papá huyó de casa cuando
quedé embarazada de vos, por suerte pude reconstruir mi vida al
conocer a Arturo, tu padrastro, que te adoptó como hija propia. Los
cinco vivimos en un barrio privado que está en Pilar llamado “Yellow
Submarine”. Vos sos estudiante universitaria y dentro de dos años te
vas a recibir de Licenciada en Letras, bueno, hija, ese es un muy
breve resumen de tu vida. Sólo falta decirte que te amamos; también
Arturo te ama tanto como yo, me dijo que ya no está más enojado por
esa tonta discusión y que lo perdones por haberte dicho esas cosas
feas que no eran en serio.
16
Al terminar, el cigarrillo quedó prácticamente consumido en su
mano sin haberle dado muchas pitadas, quedé pensativo unos segundos,
y sin darme cuenta llegamos a la entrada del barrio privado.
Una vez pasada la imponente entrada del country, los lujos y el
arte romanesco se lucían en cada centímetro, era como una pequeña
Europa anglosajona camuflada en la provincia de Buenos Aires. Cientos
de árboles revoloteaban dando la bienvenida y muchas personas eran
amables con quienes tuvieran la etiqueta más cara.
Una gran fuente de mosaico nos indicó la llegada a nuestro hogar,
¿Digo hogar? No, indudablemente eso no era un hogar, era una increíble
mansión rodeada de delicadas esculturas, por momentos quedé
asombrado ante tanto lujo. Después de estacionar el auto nos bajamos
y entramos al interior del “hogar”.
La primera impresión después de verlos a todos alegres por darme
la bienvenida, fue que esta familia parecía de las del tipo que se reúne
sólo para festejar cumpleaños o para llorar en los funerales; al poco
tiempo de conocerlos me di cuenta que los había juzgado mal, pero no
voy a adelantarme.
Luego de saludar a todos, la empleada doméstica me condujo al
baño, ya solo en el baño frente al espejo, me desvestí lentamente y
observé mi cuerpo desnudo junto a mi nueva cara. Tenía el rostro
pálido con cachetes morados y enmugrecidos, pelo negro medio
ondulado de color profundo como la noche y ojos castaños como el
café. Mientras me bañaba un pensamiento doblegó en mi cabeza: la
idea de estar confundido y desorientado en un cuerpo y una casa
ajena. ¿Qué podía hacer en mi situación?, me pregunté una y otra vez
hasta que alguien golpeó la puerta avisándome que la comida había
sido servida.
Ya en medio de la cena nadie evitó preguntarme sobre lo que
pasó, siempre Arturo junto a Viviana respondían a esta pregunta: “El
médico dijo que sufría una amnesia pasajera a causa de un fuerte
golpe en la cabeza. Probablemente por un accidente que había ocurrido
al irse de casa, pero pronto estará bien…”. Convencidos por esta
respuesta todos cambiaban de tema, y una sensación de incertidumbre
quedaba en la mesa.
17
En desorden cada uno contaba sus anécdotas que provenían de
diferentes lugares del mundo, yo como espectador mudo las escuchaba
y reía a carcajadas. El clima muchas veces se acaloraba al escuchar
muchas posturas de ellos con respecto a la sociedad. Con impotencia
tuve que mantenerme neutral de intervenir en temas que reivindicaban
a la dictadura, la homofobia o xenofobia, sumado a otros temas que
hacían una trenza de mis tripas en el interior del estómago. Sin embargo
muchas de las injurias mencionadas fueron atacadas por algún familiar
que veía más de lo que llamo “prejuicios derechista— aristocráticos”.
También se hablaba de cultura general.
Uno de los dueños de una gran empresa multinacional, hablaba de
las maquiavélicas estrategias de las empresas con algunos sindicatos
para conservar el poder y mantener “legitimidad”. Me conste o no de
ellas, escuché atentamente sus comentarios para saber cómo se
manejaba el poder desde la cima de una empresa.
Horas más tarde de la reunión, Arturo y Viviana me condujeron a
mi habitación. Al entrar en ella una energía impalpable se apoderó de
mí al ver la pieza tan finamente decorada, con las paredes prolijamente
pintadas de rosa y varios pósters de artistas pop geométricamente
pegados. Las baldosas eran de un color ocre y el techo estaba pintado
de blanco; recuerdo además que en el centro de éste, había una pequeña
araña tejida de diamantes que iluminaba la pieza.
El impostor
Sentado sobre mi cama miré mi sombra que se distorsionaba en el
suelo, pensé más seriamente en la incoherente situación en que me
hallaba. ¿Qué habrá ocurrido? ¿Será acaso esto una nueva oportunidad
de ser feliz? ¿Acaso no habré muerto y reencarnado en este cuerpo
sin recordarlo? ¿O quizás me habrán raptado los marcianos de un
extraño planeta y mediante experimentos con sondas me habrán dejado
así? ¿No estaré loco pensando que soy Bruno Espina, no siendo otra
cosa que Luciana?... en fin… igual cabe comentar para ser sincero
conmigo mismo que nunca fui feliz siendo Bruno Espina, un pobre
18
prototipo de músico de jazz muchas veces carente de cultura, cuya
ignorancia se camuflaba entre las masas pero se notaba entre los
sabios. Un embustero que buscaba su propia felicidad sin darse cuenta
de lo perjudicial de sus actos, un hombre más que se deleitaba mirando
programas de teve, consumiendo cerveza por las noches esperando
que se avecine el día para seguir con su miserable rutina; un tipo
sensible conformándose con la gloria material en centavos. ¡Ya no
seré ese mismo hombre! ¡El destino por arte de magia me dio una
segunda oportunidad, y la voy a aprovechar aunque sea teniendo que
ocupar un lugar que me es ajeno! Si total, las cosas se dieron así,
nunca busqué esta situación. En todo caso, seré el cómplice de
mantener mi rol, nada más.
Pasaron varios días desde mi llegada a la casa, poco a poco me fui
adaptando a mi nueva vida de rico. Una mañana vino a visitarme una
amiga de Luciana llamada Sonia, era hermosa. Tenía ojos marrones
en los que uno se perdía y se envolvía en la abismal sensación de
nerviosismo que desemboca la atracción física, tenía además un cuerpo
de diabla que parecía haber sido esculpido por la mismísima Afrodita.
Pero después de hablar un poco con ella cumpliendo mi rol de Luciana,
pude comprobar que era muy introvertida. Creo que eso sumaba más
a su belleza innata, a su rostro de nena con cabellos castaños y
ondulados. Nos quedamos hablando un largo rato, ella sorprendida por
mi oculto interrogatorio me contaba varias cosas sobre Luciana. (Cabe
aclarar que Sonia, al igual que todos, creía que era la verdadera Luciana
con amnesia pasajera).
Finalmente llegué a la conclusión que esa tal Luciana era una muy
buena persona, pues evidentemente era amigable, solidaria, sincera,
culta y demás cualidades de las que yo carecía totalmente.
Con Sonia hicimos varias salidas a Shopping y cines, los días
pasaron rápido entre salidas y consumismo barato, pero por las noches
como un mosquito revoloteando dentro de mi cabeza, no me dejaba
dormir la idea de pensar que mi cuerpo pudiera estar mutilado o
putrefacto dentro de una zanja. En esos momentos me acordé de lo
que decía mi abuela cuando vivía en este mundo, luego de recitarme el
poema Desiderata: “El destino del hombre dispone de cómo maneja el
19
tiempo que le queda de vida, de sus acciones recogiendo mansamente
el consejo de los años; renunciando graciosamente a las cosas de la
juventud. Por más que las voces de tu entorno te digan lo que tenés
que hacer no las oigas en la confusión, ni permitas que cambien tu
manera de pensar, ni lo que eres. Siéntete dichoso si logras que no te
roben la paz que conserva tu mente en el silencio, cambiándola por
cargos de conciencia que no te permitan descansar como es debido
en la soledad de la noche”. Pensé: ¡qué vieja sabia era mi abuela! ¡Y
nunca se lo mencioné! ¡Y pensar que ahora estoy en este lugar
ocupando la vida de otra persona!… por lo menos tengo que saber
dónde está mi cuerpo. Mañana mismo voy a ir a mi casa a ver si hay
alguna novedad sobre mi desaparición, así lo haré.
Al lograr reconciliar el sueño desperté rejuvenecido y con mucho
entusiasmo por descubrir donde estaba mi cuerpo, para saberlo tomé
un remis con destino a José C. Paz. (Zona norte del conurbano
bonaerense). Al llegar al barrio bajé dos cuadras antes de lo que era
mi antigua casa, las calles abandonadas y en ruinas eclipsadas por
barro espumoso saliendo de las alcantarillas me aludían a un recuerdo
pasajero; otros caminos estaban asfaltados pero con rajaduras que los
bifurcaban. Sin saber bien la razón, entré a la estación de trenes a ver
el triste panorama de chicos y mujeres embarazadas pidiendo limosna.
Ropas sucias y ajenas los cubrían, los ojos de los niños parecían perder
la inocencia en cada centavo obsequiado.
Cada media hora el tren irrumpía con su poderoso sonido sobre
los precarios muros del andén, cientos de pasajeros salían de los vagones
apurados para llegar temprano al trabajo. Ahí dudoso mirando esta
imagen estaba yo, sacando un cigarrillo y esperando a que las horas
aclarasen mis pensamientos.
Las paredes enmugrecidas por el polvo eran el único abrigo de los
linyeras que se refugiaban en la estación de trenes. Los papeles de
alfajores tirados en el suelo regalaban alimento a los perros hambrientos
que rondaban el andén mientras las inocentes manos de algunos infantes
cargaban pesados bloques de cartón plegados dentro de un changuito,
y una pobre vieja gitana intentaba adivinar la buena fortuna a unas
20
curiosas estudiantes. Ahí estaba yo dudoso y con el pie tambaleante,
pudriendo mis pulmones con el alquitrán del tabaco.
Colores azules se veían en el cielo y eran el único signo de alegría,
una vez consumido el cigarrillo, salí de la estación y caminé con destino
a mi casa. Pero una imagen permaneció fotografiada en mi
subconsciente para siempre: era la de mi verdadero cuerpo yendo de
la mano con una hermosa chica, tratando de que no me vieran los
perseguí curioso.
Se sentaron bajo la sombra de un árbol de la plaza, después de
hablar unos minutos se besaron apasionadamente, testigo ante este
hecho insólito, escarbé en mi memoria el rostro de esa chica. Era una
compañera del secundario, una de esas chicas que uno piensa: —
“wow, esta chica es tan linda que ni la hora me va a dar a mí”. ¡Estaba
besando mi cuerpo o quien estuviese dentro de él! Tentado por la
curiosidad de hablarle para hallar una respuesta di dos pasos, pero mi
impulso fue detenido por recordar mi antigua vida y los privilegios que
obtenía ahora siendo Luciana. Medio resignado, me fui de la plaza
dejándolos. Aunque un pensamiento de envidia repiqueteó
paulatinamente en el viaje de vuelta a Pilar.
La envidia
Transcurrieron tres rutinarios meses, el verano se evaporó dando
lugar al otoño mientras seguía cursando la carrera de licenciatura de
Lengua y Literatura, con un promedio envidiable de diez en todo,
heredado gracias a Luciana.
Un trece de junio, un cartel pegado en la facultad me sorprendió:
“Hoy en the Jimi Hendrix Experience Púb, toca Bruno Espina y los
Ladrillos Jazz Band”. Indudablemente no podía perderme esa actuación.
Esa misma noche con Sonia fuimos a la presentación en dicho
pub, mis expectativas con respecto al show eran realmente bajas, ya
que reconozco que era medio de madera con el saxo, y si alguien
tuviese que tocar con mi cuerpo iba a tener cierto tipo de inconvenientes
de tocar rápido, ya que mis dedos son lentos y gordos, como una sopapa.
21
El show empezó con un detonante solo de batería y fue
acompañado por una simple base de bajo, la guitarra de pronto irrumpió
en un estallido agudo; no era cosa del otro mundo, hasta que se sumó
Bruno con su saxofón…
Luego de varios minutos viéndolo tocar quedé asombrado. Tocaba
con mi mismo saxo, con mis mismas manos de una manera
impresionante, haciendo que las notas surgieran con una encantadora
melodía improvisada, la cual enmudecía el habla; los músicos que lo
acompañaban también eran buenos, pero Bruno era indudablemente
la estrella.
Aunque Sonia se limitaba a decirme en el oído “che, suena linda la
banda” con su voz chillona que se agudizaba cuando gritaba, yo sabía
que lo que escuchaba era brillante, con yeites musicales que estaban a
la altura de Charlie Parker u otros grandes saxofonistas. Bruno la
estaba rompiendo, tenía un estilo propio con influencias de mis ídolos,
fue en ese momento cuando mis emociones de admiración se
corrompieron por la indeseable envidia, ligada a la bronca.
Bruno, o quien demonios habitase en mi verdadero cuerpo, había
cumplido dos objetivos que nunca pude lograr: el primero, salir con esa
chica que tantas noches de desvelo me había causado en la secundaria,
y el segundo era impresionar a todos con un estilo propio que estaba
predestinado a transgredir entre tanta música basura de hoy en día.
¡El agujero musical que hay puede ser cubierto por la obra de arte que
toca el maldito impostor!
Luego de terminar el show, que por cierto duró más de tres horas,
bajó del pequeño escenario hecho con unos tablones de madera, puestos
sobre cuatro cajones de cerveza, y se perdió entre los músicos y la
pequeña multitud.
Caras sin rostros me decían que Bruno se había ido del lugar,
minutos después de confirmarlo, llamamos a un remís por el celular.
¡De vuelta al Country! pero esta vez juré hablar con Bruno o con
quien fuera ese impostor.
El día siguiente, más o menos a las diez de la mañana, me levanté
sobresaltado por la idea de conversar con Bruno, calenté la pava en el
fuego de la cocina para hacerme un café, y fui a la habitación de
22
Viviana y Arturo. La puerta estaba cerrada con llave y luego de golpear
dos o tres veces, Arturo la abrió. Amarillentas lagañas con color a pan
rallado se notaban en sus ojos, luego de darme un beso en la mejilla
averiguó que quería.
—Arturo, me quedé sin plata. ¿No me podes prestar unos cincuenta
pesos más?
—Sí, toma Lu, pero me gustaría saber en qué estas gastando tanta
plata; digo porque vos antes no eras de derrochar tanto dinero como
ahora.
—Tenés razón, es que le quiero hacer un regalo a Sonia, y justo la
semana pasada gasté toda la plata del mes en…
—No importa, princesa, no me des explicaciones, acá tenés
cincuenta pesos, disfrútalos linda.
—¡Muchas gracias! ¿Arturo, te puedo preguntar algo? ¿Qué es
ese olor a incienso que sale de tu pieza?
—¿Ese olor? Nada, tu madre encendió un incienso por el olor a
cigarrillo que hay en la pieza. Si querés después te paso uno… Bueno
te voy dejando, voy a buscar el desayuno para tu mamá. Tené cuidado,
hija, que la calle esta peligrosa, mándale mis saludos a Sonia.
Luego de obtener dinero fácilmente, ingerí mi café con leche en la
cocina, pero una sospecha quedaba con Arturo y con Viviana. Ese
olor a incienso era extraño, además, ¿qué motivo tenían para cerrar
con llave la puerta de su habitación?, indudablemente estaban ocultando
algo. De a cortos sorbos bebí mi bebida y después de dejar la taza
sucia en la pileta de lavado, partí con rumbo a José C. Paz.
El viaje se acortó por estar entretenido mirando el cielo y las nubes
que desfilaban por el firmamento queriendo seducir al sol. Una vez en
la puerta de mi casa decidido toqué el timbre, mis ojos se quedaron
unos instantes mirando las tejas de mi casa que parecían escamas de
color ladrillo y las paredes de color ocre que estaban rajadas como un
huevo quebrado.
La puerta se abrió anunciado por el revolotear de la llave en la
cerradura, luego salió mi madre.
—Hola, ¿te puedo ayudar en algo nena?
—Sí, señora, ¿está Bruno?
23
Ella puso un gesto picaresco, y gritando como de costumbre llamó
a Bruno, éste vino protestando por los gritos y con una manera muy
canchera de caminar.
—¿Que querés, Má?
—Nada, esta chica te vino a visitar. Bueno, nena, los dejo, chau.
—¡Chau señora, nos vemos, suerte!
—Hola, discúlpame que te pregunte esto pero… ¿Te conozco de
algún lado?
—En realidad… mira, vos a mí no me conoces pero yo a vos sí.
Bah, el otro día te vi en el Pub de Hendrix tocando con Los ladrillos
del Jazz. ¡Tocas muy bien el saxo!
—Gracias, lo que pasa es que yo cuando toco el saxo frente a
otras personas, digo frente a mi público, me transformo completamente
sintiendo un alto grado de éxtasis por todo mi cuerpo; de está forma
las notas fluyen y llega un momento en que llego a pensar que ya no
hace falta tocar, sino sentir la música y convertirla en arte por medio
de mi magia —dijo éstas fanfarronerías exagerando las expresiones
de su rostro.
—Ah sí… mira —respondí haciéndome el desinteresado.
—Sí, pero todavía no me dijiste tu nombre… ¡No nos presentamos!
—Tenés razón, mi nombre es Luciana.
—¡Qué lindo nombre! Che, Lu, ¿no querés que vayamos a la
confitería de acá a la vuelta y tomemos un café o algo?
—Bueno dale.
El mentiroso
Sí, aunque parezca extraño accedí a tomar un café con quien sea
que estuviera en mi cuerpo. En el camino “Bruno” se puso a hablar de
un montón de pavadas y mi preocupación se fue acentuando al no
saber si se estaba haciendo el tarado, o realmente no sabía lo que
estaba ocurriendo. Por otra parte quería saber qué estaba pasando
para poder volver al Country y dejar a este nuevo yo, proporcionalmente
canchero y fanfarrón.
24
Entramos a la confitería y el olorcito a facturas recién horneadas
entró por mi nariz haciendo agua mi boca, nos sentamos en una mesa
que estaba en un rincón, y después de pedirle a la mesera dos cafés
con medialunas continuamos con la charla.
—Así que sos de Pilar vos, ¿se puede saber de qué parte?
—Sí, de la parte de los Countrys.
—Ah mira… y qué haces acá.
—Nada, estaba haciendo tiempo por José C. Paz luego de hacer
un par de trámites y decidí pasar por tu casa para felicitarte por lo bien
que tocas el saxo.
—¿Y cómo sabías donde vivo?
—Me lo dijo un amigo tuyo, ese que le dicen “Chingolo”.
—¡Chingolo! ¡Ese es un amigazo! ¿Y de dónde lo conoces a él?
—Es amigo de una amiga mía que se llama Carolina, una de pelo
castaño y ojitos claros.
—No la conozco. Che, Lu, ¿toco bien, no?
—¡Sos genial! ¿Hace cuánto tocas?
—Y mira… más o menos hará unos trein… digo tres o cuatro
años.
—¡Bastante bien tocas para tan corto tiempo!
—Sí y también sé tocar bien otras cosas… ¿Decime, Luciana,
vos tenés novio?
—Sí, sí tengo novio. —Obviamente era una mentira pero la
situación se estaba volviendo bastante incómoda, así que sin dar más
vueltas, fui directo al grano.
—Cambiando de tema, ¿te puedo hacer una pregunta medio
colgada?
—Dale, me gustan las preguntas colgadas.
—En estas últimas semanas no te sentiste algo extraño, digo como
si algo no estuviera bien.
—¿Cómo “extraño”?
—Extraño… qué se yo; como si tu alma no perteneciera a tu
cuerpo, no me malinterpretes, es sólo una pregunta filosófica.
—La verdad… no. ¡Haces preguntas muy raras! ¡Me vas a dejar
pensando!
25
—Sí, viste, yo pregunto cada pavada también...
Ambos reímos pero mi risa fue fingida, ya que la preocupación
por no saber si me estaba engañando o diciendo la verdad estaba
latente. Finalmente me atreví a averiguarlo con otra pregunta.
—¡Uy, Bruno!... ¿Qué te pasó arriba del labio que tenés esa horrible
cicatriz?
—¡Sos demasiado directa!
—Bueno, soy así, discúlpame.
—Todo bien… cuando era chico estaba jugando con el perro de
mi abuela a la pelota, y el perro de golpe salto y me mordió la cara;
igual al otro día al perro mi tío lo sacrificó por lastimarme.
—¡Pobre perrito! No es que no se lo merezca, pero me gustan
mucho los perros.
Con su respuesta confirmé la primera de mis hipótesis: estaba
mintiendo. La verdad sobre esa cicatriz fue que cuando era chico
estaba jugando arriba de un árbol con mi primo, y el muy salvaje me
cortó con una rama, por suerte no me dieron ningún punto, pero a mi
primo sí le dieron una buena paliza.
Ya sin saber de qué más hablar con Bruno, le dije que tenía que
volver a mi casa porque era tarde, nos despedimos y él se fue a mi
verdadero hogar. Sin que se diera cuenta lo seguí y ocultándome detrás
de un árbol, observé cómo el impostor entraba a mi hogar.
Miré detenidamente con detalle cada centímetro del portón de
está, memorizando en un rincón de mi laberíntica cabeza todas las
rajaduras y manchas que tenía la pared de color ocre, además de los
pequeños pastizales que adornaban por descuido la entrada de cemento,
las telas de araña que actuaban como trampa mortal para los pobres
insectos.
Eran más o menos las seis de la tarde y seguía meditando detrás
del árbol, sus inmensas ramas dibujaban una fantasmal sombra contra
la vereda. Mi vida fue repasada varias veces a través de mis pupilas,
me acordé de papá, de mamá, de mis familiares, de mis amigos, de
todos los que conocía en mi vida olvidada detrás de un cuerpo que no
me pertenecía.
26
Por primera vez llegué a pensar que estaba dentro de una cárcel
de carne, viendo cada día en el reflejo de un espejo un rostro ajeno,
viviendo día a día sentimientos confusos que se acentuaban con la
incertidumbre de un pasado desconocido.
La ira
Finalmente entre la triste melancolía terminé de fumar el último de
mis cigarrillos, el dado vuelta, el del deseo. Pero mi tranquilidad se vio
interrumpida por el fuerte estruendo de los gritos de mi madre, espiando
detrás del árbol la vi a ella acusando a Bruno de esconder drogas
detrás del armario; Bruno se hacía el desentendido pero su cara tomó
gestos desconcertantes al ver a mi madre colorada con una pequeña
bolsita transparente que contenía un polvo blanco. Extendiendo su
mano, Bruno le ordenó a mi mamá que le diera la bolsita, pero ella sin
hacerle caso le dio un fuerte cachetazo, sonrojado sonrió y le pegó
una fuerte trompada a mi mamá en la cara haciéndola caer desplomada
sobre la dura calle. Orgulloso y sacando pecho recogió la bolsita. Luego
se marchó abandonando a mi mamá temblando en medio del asfalto.
Sin poder contenerme, salí de mi escondite y la levanté del suelo.
Su gesto de dolor era espantoso. Tenía las cejas erguidas y los labios
temblorosos, también la nariz parecía titilar por el golpe del puñetazo
mientras sangraba.
—Déjeme ayudarla, señora. ¿Está bien? —pregunté conmovido
a la mujer que temblaba de los nervios o del terror.
—Sí, estoy bien. ¿Viste lo que hizo mi propio hijo?
—Desgraciadamente sí, señora, pero de seguro no quería hacer
eso, parecía fuera de sí.
—Probablemente no. ¿Pero qué voy a hacer? ¡Yo no sabía que
consumía drogas! ¡Dios! ¿Qué voy a hacer con mi Brunito?
—No sé… yo…
—Mejor déjame, voy a ir a mi casa a tomar un té de tilo y después
llamaré a la policía. ¡No voy a permitir que siga arruinando su vida!
27
Después de agradecerme y de tranquilizarse un poco, buscó
refugio en la casa.
Caminé alejándome de la escena y luego de varios minutos llamé
a un remis por el celular.
Penumbras
Ya en el Country entré a la casa de Luciana, un silencio abrumador
envuelto entre las tinieblas por las luces apagadas me dio la bienvenida.
Por más que el ambiente era cálido por la estufa a leña que estaba en
el comedor, las paredes se sentían mojadas por una extraña humedad;
o quizás no, quizás era todo producto de mi imaginación, puede que mi
mente controlando como un títere a mi cuerpo, haya imaginado que
las paredes goteaban frías gotas como prediciendo la tristeza venidera.
Mi pecho se impacientaba al prender las luces del comedor y del pasillo,
quería ver todo iluminado ya que la oscuridad aún me daba miedo.
Un estruendo desencadenado por el cielo envolvió la habitación y
las puertas se cerraron repentinamente, casi muerto por un infarto me
aveciné al ventanal. El cielo estaba totalmente oscurecido y los rayos
trazaban un recorrido instantáneo dentro de las nubes, parecían grandes
filamentos venosos que mostraban el interior de las nebulosas.
Fuertemente las gotas de lluvia irrumpieron contra la casa como
cascotes, y las luces de la calle creaban aureolas sobre el empedrado.
Cautivado por la hermosa imagen pude despejar mi mente unos
segundos. Luego de asegurarme que las ventanas estaban cerradas,
caminé a la cocina para hacerme un mate cocido.
En ella el único ruido que se sentía era el de la heladera, pero fue
interrumpido por un fuerte estornudo, al darme cuenta que no estaba
solo en la casa investigué quién estaba ahí: era Mirta, la empleada
doméstica, la saludé contento pero ella se veía triste. Las arrugas de
su cara se acentuaban por su pálido rostro y sus ojos opacos como un
espejo reflejaban la desgracia.
—¿Qué te ocurre, Mirta, pasó algo? —pregunté a la anciana.
Bajó la mirada y lentamente sujetó mi hombro derecho.
28
—Sus padres, señorita…ellos han, lo siento tanto. —Y tapando su
rostro con las manos echó un llanto desconsolado.
—¡Qué ocurrió con mis padres, Mirta!
Descubrió sus manos de la cara dejando ver un rostro colorado,
acariciando mi rostro con sus manos frías como cristales, me contó
que mis padres habían sufrido un accidente de tránsito y estaban
internados en una clínica con estado crítico. Sorprendido por la noticia
me senté en el suelo y al recuperarme fuimos a la clínica.
Los desgraciados
Las puertas mecánicas se abrieron y los olores a medicamento
entraron por nuestras fosas nasales, la templanza de los médicos era
la única muestra de seguridad de la clínica, el resto éramos víctimas
de la incertidumbre o de las jugadas de Dios.
En un pasillo en la entrada de terapia intensiva, estaba “mi hermano”
Franco, sujetándose la cabeza con ambas manos, a su lado reposaba
Sonia cabizbaja con sus ojos congelados en el piso brillando como la
madera mojada, sólo que adornados por ese hermoso color té atrapado
en sus pupilas; ambos parecían derrotados. Al estar delante de ellos
Franco llorando me abrazó fuertemente y dijo a mi oído “Papá y Mamá
fallecieron en el post operatorio”. Dios, ambos lloramos desconsolados.
Mi cuerpo lloraba, pero mi corazón únicamente latía como siempre sin
poder sentir absolutamente nada por la pérdida.
Al otro día fue el funeral. El cielo estaba despejado y las nubes lo
adornaban, la funeraria era lujosa, bien a la altura de las etiquetas que
compraban un pedazo de cielo en cómodas cuotas mensuales. Todos
estábamos vestidos de negro rodeando los ataúdes, mis ojos quedaron
atentos al rostro difunto de Arturo aludiendo estar relajado como
descansando en paz. Simulaba ser un cautivo del más relajante de los
sueños, aunque estaba muerto. Su piel parecía momificada y lisa, lo
cual daba la impresión de ser otro rostro. Viviana en cambio parecía
tensa, su boca estaba entreabierta y sus pómulos exageradamente
maquillados.
29
Luego de mirarlos durante algunos minutos y de tener
conversaciones formales con los presentes, me alejé respetuosamente
regresando a la puerta del establecimiento donde estaba Franco
abrazado a Sonia. Creo que al verme se pusieron algo incómodos,
poco después, el hermano de Luciana partió donde descansaban sus
padres dejándonos a solas.
—¿Te sentís bien, Lu?
—Sí, algo cansada nomás.
—¿Quién era esa mujer con la que hablaste?... Nunca la había
visto.
—No sé, decía que era de un comedor comunitario donde Viviana
ayudaba. Hay mucha gente que no conozco.
—Pero de todos los presentes, ella me llamó la atención, parecía
rara. ¿Dijo algo importante?
—Nada, lo mismo que dicen todos, nada fuera de lo común. Te
estaba buscando adentro pero no te encontraba. Bah, después por ese
olor feo del cigarro te ubiqué. ¿Hace cuánto fumas?
—Hace mucho, nunca deje que me vieran. Siempre fumaba a
escondidas en mi pieza y después tiraba aerosol. ¿Te puedo preguntar
algo?
—Sí, decíme
—¿Pasa algo con mi hermano?
—¿Cómo si pasa algo? Nada, somos amigos nada más. ¿Acaso
te pusiste celosa pensando que ando con tu hermanito? ¡Por favor,
Luciana!
—Solamente preguntaba nada más. ¡Tampoco me ataques, eh!
Me dieron ganas de tomar café. ¿Vamos?
Ambas fuimos a tomar café para despejarnos un poco del triste
ambiente del funeral. A las pocas horas llevamos los cuerpos al
cementerio donde les dieron sepultura. El momento más doloroso para
los presentes fue cuando arrojaron flores a los ataúdes mientras éstos
descendían. Un tío nuestro nos llevó terminada la ceremonia de vuelta
a nuestra casa, y nos entregó al cuidado de Mirta, la vieja empleada
doméstica que se había ganado el cariño de la familia durante años.
30
Poco a poco desapareció el sol de la melancolía y fue reemplazado
por la calma de la noche. Asombrosamente quedé otra vez atrapado
por el insomnio, aunque mis piernas estaban doloridas debajo de las
sábanas, y mi cuerpo cansado por el agobiante día, mi conciencia aún
trabajaba aceleradamente haciendo hipótesis y recapitulando todos
los eventos que se avecinaron en el día. Varios intentos fallidos de
querer reconciliar el sueño me invitaron a levantarme.
Hipótesis de un desorientado
Fui a la cocina y tomé un par de mates para desvelarme y poder
pensar con claridad, en una hoja de papel escribí los nombres de cada
uno de los personajes que conocí en la vida de Luciana y los caractericé.
En la hoja de papel desfilaron nombres desde la bella Sonia hasta la
vieja Mirta, pasando además por Franco y por Román.
Por intuición subrayé el nombre de Arturo, el padrastro de Luciana.
En él por seguro estaría la clave de todo, recordé además el primer
encuentro con Viviana y lo que ella había dicho sobre Arturo: “El ya
no está más enojado por esa tonta discusión, dijo que lo perdones por
haberte dicho esas cosas feas; no eran en serio”.
Sí, esta era la clave, me apresuró a deducir que Luciana tuvo una
fuerte discusión con Arturo y eso la llevó a querer irse de la casa,
después por X motivo, tomó mi cuerpo y yo ocupé su lugar. ¡Arturo
engaño a todos para que creyeran que la verdadera Luciana sufría
amnesia debido a un fuerte golpe! Gracias a esto cambió a la molesta
Luciana de su familia, por un ignorante sustituto. ¡Sí, por seguro esto
ocurrió!... Además la evidente cómplice de Arturo fue Viviana, quien
me manipuló directamente aprovechándose de mi deseo de ser
millonario, pero hay algo que aún no comprendo: la actitud de Luciana.
Si según Sonia y demás familiares era una buena persona… ¿Cómo
puede ser que ella con mi cuerpo sea fanfarrona, consuma drogas y
además haya golpeado a mi mamá?... todo esto es muy contrario a la
imagen que tenia de Luciana. ¿Habrá acaso enloquecido o quizás era
31
una infeliz que reprimía su libertad a manos de sus conservadores
familiares? Otra duda es mi papel en todo este conflicto familiar.
Bueno lo importante ahora es obtener más información sobre Arturo
para poder llegar a una respuesta concreta, y me parece que sé muy
bien donde obtenerla…
El angelito
La respuesta concreta sobre quién era en realidad Arturo, se
hallaría en la criatura más inocente de la casa, en un individuo que
dada su juventud y prematura inteligencia era inocente y manipulable:
Román. Sin perder tiempo fui a la habitación del hermano más chico
de Luciana, convencido de que estaba dormido, toqué despacito la
puerta anunciándome. Román la abrió a los pocos segundos y la
impresión me dejó sin palabras: estaba vestido con una sábana blanca
que tenía un agujero por donde pasaba la cabeza, tenía además una
aureola hecha con un papel brillante sobre su rulienta cabeza.
—¡Buenas noches Román!… ¿A qué estas jugando? —el infante
callado abrió completamente la puerta dejándome pasar y se sentó
sobre su cama totalmente desprolija.
Lo primero que pensé fue en que Mirta tendió la cama y el chico
la destendió intencionalmente para jugar, pero al ver unas tijeras ocultas
detrás de la almohada esta hipótesis fue descartada. Saqué las tijeras
debajo de la cabecera preguntando sobre la razón para ocultarlas.
Medio dudoso respondió que estaba jugando, pero sus labios al titilar
confirmaban que mentía.
Me arrodillé a su lado para estar a su corta altura, y le dije que no
creía lo que me estaba diciendo, pero que lo comprendía, porque la
pérdida de papá y mamá era un hecho terrible que ocurrió en muy
corto tiempo.
—¡No, vos no entendés lo que está pasando!
—Está bien, no te pongas así, pasa que sólo quería ayudarte, yo
estoy sufriendo mucho por lo que le pasó a mamá y a papá y me
32
imagino lo que debés sufrir vos por ser un pequeño niño de tan solo
ocho añitos.
—Sí, pero tengo un secreto que me hace sentir bien.
—¿Y se puede saber tu secreto?
Medio dudoso me sujetó de la mano y me llevó a su escritorio,
despejó de encima de éste varios juguetes y figuritas que cubrían su
secreto: unas alas de cartón prolijamente cortadas y unidas por un
hilito.
—¡Qué lindas alas! ¿Vos las cortaste?
—Sí, ése era mi secreto, ahora espero que no se lo digas a nadie,
Lucianita.
—No. Un secreto es un secreto, queda entre nosotros dos.
—¡Gracias! ¿Querés un caramelo de limón? Tengo muchos que
me regaló el tío y no me gustan.
—Bueno, dame uno. —Me entregó el ácido caramelo y luego de
ponerlo en la boca continué:
—¿Y se puede saber cómo jugás con esas hermosas alitas?
—Yo no juego con esas alas…
—¿Cómo que no? ¿Y para qué las usas?
—No, nunca las usé, después de enterarme lo del accidente cuando
Mirta me lo dijo, fabriqué las alas para ir al cielo a visitar a papá y a
mamá.
Pobre criatura, era tan inocente que conmovió hasta la arteria
más dura de mi corazón, infortunadamente tenía que acabar con su
fantasía diciéndole la cruel verdad.
—Mira, Román, desgraciadamente mamita y papito se fueron al
cielo a vivir con Jesús, y no van a volver, ni tampoco vos los podés
visitar.
—¿Por qué no los puedo visitar?
—¿Cómo explicarlo para que lo entiendas? Hay un santo que vive
en el cielo que se llama San Pedro, y no deja que nadie entre ni salga
por las puertas del cielo.
—¿Y por qué?
—Porque es su trabajo, su obligación. Pasa que Dios no quiere
que la gente que vive en el cielo se junte con los de la tierra.
33
—¿Pero por quÉ Dios hace eso? ¿Qué, es malo?
—¡Sí, de lo peor! Dios no es como te enseñan en la escuela, es
cruel, orgulloso, vengativo, te da algo y cuando lo amas completamente
te lo quita.
—¡Uy! ¡Como lo que hizo con papá y mamá!
—Sí, pero es porque Dios es tan egoísta que los quiere junto a su
lado, por eso nos quitó a papá y a mamá. Cuando nos quiera a su lado
nos va a llamar a nosotros y vamos a ir con él. Porque junto a Dios
están las personas buenas que lo alegran con su presencia.
—¡No, yo lo voy a hacer ahora! ¡Con mis alas voy a ir al cielo con
papi y a mami!
—¡No, no lo podés hacer!
—¡Vos sos una mentirosa! ¡Yo te voy a mostrar que volando puedo
ir al cielo!
Agarró las alas de cartón y las ató al cuello, inmediatamente
comenzó a correr por toda la habitación moviendo las alas y gritando
el nombre de sus padres, al pasar a mi lado lo atrapé fuertemente y lo
abracé contra mi pecho. Las lágrimas brotaron de sus ojos
conmoviéndome, con su vocecita que encarnaba la inocencia.
—No funcionó... ¡Por qué no funcionó!... Yo quiero ir con mi papá
y mi mamá. ¡Quiero que papito me cuente un cuentito y que mami me
haga mimos!
—No te pongas así, ellos desde el cielo nos están mirando y desde
allá nos van a cuidar junto a Dios. Vos tenés que ser fuerte porque se
fueron ahora, lamentablemente no van a regresar. Pero te prometo
que algún día los vas a volver a ver, y todos juntos volveremos a ser
una familia. Ahora anda a dormir que es tarde, mañana te cuento un
cuentito y vamos a jugar a la plaza con tu primo, anda a dormir, dale,
mi angelito.
Lo recosté en su cama y, después de darle un beso, apagué la luz
de la pieza y lo dejé solo, llorando. Probablemente la verdadera Luciana
lo hubiese acompañado toda la noche para consolar su desgracia
contándole historias maravillosas hasta que cayera vencido por el sueño
y descansara tranquilamente. Pero yo era distinto, no podía actuar de
esa forma, mi corazón aún seguía siendo de plomo congelado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario